- Dígame usted, querida madre.
- Te digo, querida hija, que tienes que bajar a la mercería a encargarme cuarenta metros de lentejuelas doradas.
- ¿Cuarenta? Desde ya te digo que nadie va a querer acercarse a ti vistiendo semejante modelito, chati.
- ¡Ay qué tontita eres!. Es para el traje de charra.
- ¿De charra-vedette?
- Claro, ya me he comprado las plumas.
- ¡Ah!, muy bien.
- Hala, pues eso, baja ahora y lo encargas.
- ¿En serio? Mira madre que cuarenta metros son muchos metros. ¿No serán cuatro?.
- ¿No serás sorda?.
- Qué borde... Nada, nada, yo te encargo los cuarenta metros. ¡Ay la paya, toa cubierta de oro!
- Anda, deja de decir bobadas y baja, venga.
- Vooooooy.
Dos días después...
- ¡Ilumíname, oh diosa de la lentejuela dorada, con tu aúrea sabiduría!
- ¡Ay qué pesada con el dorao!.
- Jajaja, no te enfades, mujer. ¿Qué tal estáis?
- Bien. Oye niña que...
- ¿Al final vais a venir?
- Pasado mañana, pero escucha.
- Escucho.
- Baja a la mercería y le dices a la Travesti que no te pida las lentejuelas.
- ¿Cómor?
- Que al final no son doradas, son negras.
- Joer, mamá, ¿y si ya las tiene qué?.
- Pues nada, no las coges y punto.
- Claro y el mal rato me lo paso yo. Eres lo peor. No, bonita, lo haces tú cuando vengas.
- No, baja ahora no vaya a ser que todavía no le hayan llegado y así puede cancelar el pedido.
- De verdad que... Vale, ahora bajo. Joder, me preparas cada una...
- Y las encargas en negro
- ¿Cuarenta metros?.
- Sí.
- ¿Pero para quién es el traje de charra? ¿para Godzilla?
- ¡¡Encima!! ¿Tú sabes el trabajo que me está dando el dichoso traje?
- ¡Juas! ¿Y yo qué culpa tengo?
- ¡Pues si es para tí!
- ¿Cómo para mí? ¿Y qué hago yo con un traje de charra? ¿ponérmelo para bajar a comprar el pan? ¿y por qué necesitas tanta lentejuela? Vale que estoy gordita, pero ni que pesara cien kilos...
- Venga, hazme ese favor, niña.
- ¡Que sí! Pero que digo que para qué quiero yo un traje de charra, reina
- Pues de herencia familiar. Yo te lo daré a ti, tú se lo darás a tu hija, tu hija a la suya....
- ¿Y no se empolillará en el armario?.
- ¡¡¡NO ME PONGAS NERVIOSA!!!
- ¡Bueeeenoooo!. Ya me lo pondré cuando vaya al parque con mis hijos, tranquila. Si bonito es....
El sueño hecho realidad de cualquier mujer a la que le guste la sobriedad, la discreción y la elegancia en el vestir. Gracias mami.
Tres días después de su vuelta al pueblo.
- ¡¡¡¿¿CÓMO QUE NO LAS RECOGA??!!!
- Es que esas son muy grandes. Esta mañana cuando las ha visto la profesora me ha dicho que son muy grandes. Y no te preocupes que ya me ha dicho donde puedo comprar todos los avalorios.
- Vamos a ver, madre, explícame con qué cara bajo yo donde la Travesti y le digo que ya no necesito cuarenta metros de lentejuelas.
- Pues diciéndoselo, hija, que te complicas siempre más...
- Que me complico dice, la tía. ¿Tú no ves que le haces un putadón a la pobre mujer?
- Hombre, si fueran las doradas pues sí, pero las negras las vende rápido.
- Seguro. Vamos, es que yo no conozco a nadie que no compre mínimo un metro de lentejuelas por semana. No te digo...
- Bueno, a mí no me compliques, si las quieres coger cógelas y punto. Treinta euros a la bobo que nos gastamos.
- ¡¡Pero cómo que no te compliqueeeee!! Eres lo peor. Pero lo puto peor, mamá.
- ¡Ah! y cuando bajes cómprate unos leotardos que vamos a pasar mucho frío cogiendo aceitunas.
- Joooooo...
Acabo de tener un flashback aceitunil que les contaré en otro momento. Agujetas me dan sólo de recordarlo.
Y sí, quiero muuuuuuuuuucho, mucho, mucho a mi mamá. Lo sé, es incomprensible.
Y sí, la Travesti me odia. Si las miradas matasen ahora mismo Cesid sería un hombre viudo.